En los últimos tiempos, los episodios que involucran a adolescentes y actos extremos se repiten con una frecuencia que ya no podemos considerar excepcional. Está ocurriendo algo que necesitamos mirar de una forma distinta y más profunda.
Cambian los contextos, cambian las formas. A veces sucede dentro de una escuela, otras fuera. En algunos casos involucra a un profesor, en otros a un compañero. Pero cada vez que ocurre, después sucede algo muy similar:
Se busca una explicación rápida o se habla de «emergencia», a menudo a través de titulares que amplifican el drama más que ayudar a comprenderlo. Y desde las esferas de poder vuelven peticiones ya conocidas: más normas, más control, más sanciones.
Es una reacción comprensible, pero corre el riesgo de detenerse demasiado pronto y quedarse en la superficie. Porque hay una pregunta que permanece en los márgenes y que, por el contrario, debería ser central:
¿Quién vio a estos chicos antes?
No el gesto desesperado. No el momento en el que todo se hace visible. Sino lo que se mueve antes. Aquello que a menudo resulta difícil de leer, que apenas se nombra, que poco se escucha. Esas actitudes cotidianas, esas miradas vacías, esos silencios que a veces la escuela desea, pero que no son una buena señal.
Nadie llega a un punto extremo de repente, sin haber dejado huellas. Y decir esto no significa justificar; significa asumir la responsabilidad de mirar el proceso, no solo el resultado.
El papel de los adultos y el entorno escolar
Es aquí donde el discurso se traslada inevitablemente a los adultos. No sobre qué hacer después, sino sobre qué posibilidad tenemos hoy de estar presentes antes. De habitar lo que precede al conflicto.
La escuela, en particular, se encuentra en una posición compleja. Se le pide transmitir contenidos, evaluar, programar, documentar y actualizarse continuamente. A estas exigencias se suman las expectativas de las familias, las transformaciones tecnológicas y las nuevas urgencias educativas.
Todo esto ocurre en el mismo espacio, en un tiempo limitado, a menudo absorbido por la burocracia, formularios por rellenar y solicitudes que se acumulan. En este escenario, el tiempo y el espacio para observar de verdad, para escuchar y captar señales que no son evidentes de inmediato, se reducen.
No es por falta de atención, sino porque a menudo faltan las condiciones. Y, a veces, también porque todavía impera la idea de que el rol del docente es únicamente transmitir contenidos.
Una nueva mirada hacia el trabajo educativo
Es aquí donde quizá debemos plantearnos una pregunta diferente:
¿Qué espacio tenemos hoy, como adultos, para darnos cuenta a tiempo?
Para detenernos.
Para leer de forma auténtica lo que está ocurriendo.
Para construir contextos donde algo pueda ser dicho antes de que explote.
Esto cambia también la forma en que concebimos el trabajo educativo. No se trata solo de qué decir o qué contenidos proponer. Se trata de cómo crear las condiciones para que esos contenidos tengan sentido, un punto de anclaje, una posibilidad de ser asimilados. Cómo abrir conversaciones que no son sencillas. Cómo sostener lo que pueda emerger, sin evitarlo pero sin forzarlo.
Son preguntas que no tienen respuestas inmediatas; forman parte de un proceso. Pero ese camino empieza siempre con un primer paso, con un gesto sencillo: detenerse, escuchar y dejar por un momento de lado el temario.
Porque llegar después ayuda a reparar, pero no es suficiente. Y llegar antes no es una cuestión de control: es una cuestión de presencia.
Este tema se inscribe en una reflexión más amplia sobre la adolescencia, que puedes leer aquí.
