Cuando pensamos en el diseño educativo, es natural imaginar que todo comienza al observar únicamente al niño. Sin embargo, cada niño crece dentro de una red de relaciones que otorga sentido a lo que observamos. Por lo tanto, es precisamente en esa red relacional donde deberíamos empezar
Miradas diferentes entre la escuela y el hogar
«En la escuela parece no hacer nada…»
Escucho esta frase con frecuencia durante las entrevistas con educadores y familias. Esta frase describe a niños que parecen esperar indefinidamente. Observan a los demás sin participar realmente, evitan iniciar actividades o se rinden incluso antes de intentarlo.
Sin embargo, a medida que la conversación avanza, surge la perspectiva de la familia:
«En casa lo intenta. Se sienta a hacer las tareas y quiere hacerlo solo. Sin embargo, al poco tiempo se enoja, dice que no es capaz y termina llorando.»
Cada vez que encuentro estas historias contrastantes, comprendo que la pregunta más interesante no es quién tiene la razón. No creo que un adulto observe mejor que el otro. En cambio, me pregunto qué revela cada una de estas miradas. Además, corremos el riesgo de perder una visión fundamental cuando elegimos escuchar solo una de las partes
Con el tiempo, he aprendido que un mismo niño puede mostrar aspectos muy diferentes según el entorno. Por ejemplo, la escuela observa cómo enfrenta las tareas, interactúa con sus compañeros y reacciona ante las propuestas educativas. Por otro lado, la familia conoce la rutina diaria y las dificultades emocionales. Ellos entienden las estrategias que funcionan, las que ya no dan resultado y los sentimientos que a menudo quedan fuera del aula.
Ninguna de estas perspectivas es más verdadera que la otra; simplemente son diferentes. Sobre todo, ponerlas en diálogo permite construir una comprensión mucho más profunda del niño.
El rol de las relaciones en el diseño educativo
En mi trabajo psicopedagógico, esta toma de conciencia se ha vuelto esencial. Al acompañar a un niño o adolescente, no me limito a analizar lo que sucede durante una observación puntual. Además, procuro comprender su contexto relacional. Por ejemplo, observo quién gestiona la rutina diaria, cómo se comparten las decisiones y de qué manera la familia afronta los errores, la frustración, los éxitos o las dificultades.
No hago esto para buscar culpables. Tampoco lo hago porque exista un único modelo «perfecto» de familia. Al contrario, cada relación revela algo único sobre el niño. Como resultado, mirar el panorama completo nos impide malinterpretar comportamientos de forma aislada.
Por supuesto, el trabajo psicopedagógico es distinto de la enseñanza diaria. No se espera que las escuelas analicen las dinámicas familiares. Eso sería poco realista e inadecuado. Sin embargo, existe una gran diferencia entre hacer un trabajo clínico y abordar el diseño educativo como si el niño existiera de manera aislada
Cada camino de aprendizaje se moldea dentro de una red relacional. Por esta razón, considero que el diálogo con los padres es parte activa del **diseño educativo** y no una medida reservada solo para momentos de crisis. En consecuencia, al combinar estas distintas perspectivas, construimos un acompañamiento más realista, respetuoso y eficaz.
Cambiar la pregunta
A veces, no necesitamos cambiar de estrategia inmediatamente. En su lugar, necesitamos cambiar nuestra pregunta
Por ejemplo, en lugar de preguntarnos por qué un niño «no hace nada», podemos plantearnos mejores preguntas:
* Por ejemplo, ¿en qué contextos se siente cómodo para participar?
* Asimismo, ¿qué personas le transmiten mayor seguridad?
* Además, ¿qué condiciones específicas le ayudan a enfrentar aquello que le resulta difícil?
Estas preguntas no buscan respuestas instantáneas. Más bien, amplían nuestra visión y nos recuerdan que el comportamiento solo cobra sentido dentro de la historia de la persona
El diseño educativo con adolescentes
Este enfoque resulta aún más decisivo cuando trabajamos con adolescentes.
Aunque el diálogo con los padres es vital durante la infancia, la adolescencia requiere un paso adicional. Mantener involucrados a los adultos sigue siendo importante. Sin embargo, no podemos construir un apoyo eficaz hablando únicamente sobre los jóvenes sin involucrarlos directamente.
La adolescencia es una etapa de autonomía progresiva. Por lo tanto, un **diseño educativo** eficaz debe crear espacios para escuchar su voz, recoger sus puntos de vista e integrarlos en las decisiones que les afectan. Esto no significa traspasarles toda la responsabilidad. En cambio, implica construir un camino con ellos y no simplemente para ellos.
Dónde comienza el verdadero diseño educativo
Tal vez este sea uno de los aspectos más fascinantes del diseño educativo.
A menudo pensamos que diseñar la educación significa simplemente elegir actividades, preparar materiales, fijar objetivos u organizar horarios. Todos estos elementos son ciertamente importantes. Sin embargo, con los años me he dado cuenta de que un diseño significativo empieza mucho antes.
Específicamente, comienza en la forma en que elegimos mirar a las personas. Continúa a través de las preguntas que decidimos formularnos. Sobre todo, requiere nuestra disposición para reconocer que ningún niño puede ser comprendido de manera aislada.
Cada niño crece dentro de una trama de relaciones. En última instancia, es allí donde nace cada oportunidad educativa.
📌 Nota: La imagen de portada de este artículo se ha generado mediante inteligencia artificial.
