Cada verano me ocurre exactamente lo mismo. Empiezo con la idea de ordenar. Sin embargo, siempre termino sentada en el suelo rodeada de carpetas, cuadernos, juegos, fotografías, papeles sueltos y notas adhesivas. Abro una caja y luego cierro otra. En el proceso, reencuentro materiales que pensaba que había perdido. Mientras decido qué guardar y qué soltar, me doy cuenta de que el tiempo pasa sin enterarme. Este momento de calma es donde realmente empieza mi planificación educativa.
Al principio, pienso que simplemente estoy haciendo limpieza. Después, casi sin darme cuenta, sucede algo diferente. Cada material me trae recuerdos. Recuerdo un taller pasado, una conversación inspiradora o una pregunta que quedó abierta. Además, me vienen a la mente actividades que no funcionaron como imaginaba. De este modo, una tarea práctica se transforma en un espacio de reflexión. Es un momento en el que repaso mentalmente el año que acaba de terminar y decido qué quiero llevar conmigo al siguiente.
El lado invisible de la planificación educativa
Con el tiempo, me he dado cuenta de una verdad importante. Este momento reflexivo forma parte, en todos los sentidos, de mi planificación educativa. Durante muchos años pensé que diseñar significaba fijar objetivos, elegir actividades y preparar materiales. Sigo creyendo que todo esto es importante. Sin embargo, hoy me parece igual de fundamental darme un tiempo para que las experiencias reposen. Como resultado, ya no siento la urgencia inmediata de transformar cada idea en una propuesta concreta
Es precisamente en esos momentos de calma cuando surgen conexiones inesperadas. Por ejemplo, una frase escuchada por casualidad se conecta con una pregunta que me hizo un niño. Un taller que daba por concluido cobra de repente un significado diferente. Asimismo, una antigua idea anotada en un pos-it vuelve a tener sentido. Entonces me doy cuenta de que no estoy recogiendo simples materiales físicos. Al contrario, estoy recopilando experiencias, intuiciones y preguntas que van moldeando mi práctica docente
Reflexionar antes de analizar el contexto
Hace 6 meses escribí un artículo dedicado a los 6 pasos que guian mi forma de diseñar un taller educativo. En aquella ocasión hablaba de la importancia de partir del análisis del contexto antes de elegir una actividad. Al releer esas palabras hoy, siento la necesidad de añadir un paso esencial. Específicamente, antes del análisis hay un tiempo en el que observamos lo que hemos vivido. Primero debemos dejar que las experiencias se posen.
Tal vez esta sea la parte más invisible del diseño didáctico. Nadie la ve y raras veces aparece en una programación oficial. No obstante, ahí es donde cobra forma mi visión para los talleres del próximo curso.
Mi propuesta: Un ejercicio de verano para educadores
Imagínate sentado o sentada en el suelo, tal como al principio de este artículo. A tu alrededor hay carpetas, cuadernos, fotografías, juegos, materiales y notas. Los vas observando uno a uno. Algunos los vuelves a poner en su sitio casi sin pensar. Otros decides dejarlos ir. Mientras tanto, guardas algunos en tus manos porque cuentan una historia que no querrías olvidar.
Quizá este ejercicio no tenga mucho que ver con ordenar. En cambio, está profundamente conectado con cómo abordamos la planificación educativa de un nuevo año. Por lo tanto, te dejo tres preguntas que me acompañarán a mí también durante el verano.
1. ¿Qué te llevas contigo?
No pienso en materiales, sino en experiencias. Reflexiona sobre aquellas conversaciones que abrieron una posibilidad inesperada. Piensa en un taller que te sorprendió o en una pregunta que sigue acompañándote ahora mismo.
2. ¿Qué decides soltar?
Piensa en una actividad que no funcionó como esperabas. Además, reflexiona sobre una forma de trabajar que hoy ya no sientes como tuya. Por último, considera soltar la idea de que cada propuesta debe ser perfecta para tener valor.
3. ¿Qué quieres observar este verano?
No te centres en convertir las ideas de inmediato en un taller. En su lugar, permite que tus observaciones maduren de forma natural. Puedes observar una escena en la playa o una conversación escuchada por casualidad. Por ejemplo, fíjate en cómo un grupo de niños organiza un juego o nota el gesto de un adulto que acompaña sin interferir. A veces, las ideas más significativas nacen justo así, cuando dejamos de buscarlas y simplemente aprendemos a mirar.
